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Soy terco al querer controlar el poder de la transformación, mas el esfuerzo invertido no es en vano. Genera jaquecas  explosivas y abrasadoras que pesan en el ánimo y surgen los demonios.

Tengo cabeza dura, tan dura que detiene el tiempo y lo retrocede al pasado, al ayer de las culpas.

Pierdo palabras y olvido dónde quedaron. Olvido salir a buscarlas, alguien las trae por mí. Están clavadas en sueños y en medio de sus ojos.  Una de ellas se metió en el brillo de su sonrisa y pesa tanto que caen los labios hasta el recuerdo de la soledad.

Tengo cabeza dura y se hunde en tu agua y en tu nube. Pierde aire y pierde risa, pierde minutos de muchas gracias para quedar en horas de…

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Y la vida se hace hombre y el hombre tiene poder.

Hace mucho que no escribo pues la rutina y los quehaceres del hogar invitan al descanso más que a la reflexión, pero siempre extrañé escribir las locas ideas que se aparecen en las noches. Compartir las alegrías y los pesares como parte de una catarsis que alimenta el alma pero reduce el tiempo para vivirlas.

Este año 2011 estuvo lleno de regalos y retos.

El trabajo creció a un punto insospechado para mí, experimentando por primera vez el cansancio y el stress constante.

La familia creció con la convivencia y la futura llegada de Rodrigo Gabriel, mi hijo.

La casa creció y pasó de ser un cuarto de soltero sin nada de comida ni artefactos de “línea blanca” a ser todo un hogar cuidando que las loncheras sean nutritivas y el lavado de ropa algo menos exigente.

Todo, todo en mi vida está en una espiral ascendente cuyo siguiente nivel exige más que el anterior, pero guarda regalos aún más bellos.

Ya no tengo noches silenciosas y solitarias, las cambié por abrazos y besos mientras se ve una película en la cama; por enseñar cómo cepillar los dientes, o aprender cuáles son las princesas de Disney.

Todo está cambiando y yo cambié también… y aún así no estoy listo para Rodrigo Gabriel.

Falta tiempo y fuerzas para terminar de pintar su habitación con un tema del campo, colocar el elefante de madera y ajustar la cuna donde dormirá (espero por muchas horas en las noches).

Falta ayuda pues mi amada está llevando lo más difícil y sin compañía es más aburrido trabajar.

Sobre todo, falta modelos… tengo miedo de no estar a la altura pues no sé como ser un buen padre. Aún cometo errores y tengo miedo de cometerlos con él.

Pero duermo creyendo que el niño que vendrá traerá algo que no tengo… algo que nunca obtuve de mis mil aventuras y que nadie nunca pudo enseñarme. Algo que complete mi corazón roto y termine de llenar el último vacío que aún guarda.

No sé que sea, pero duermo feliz de saber que él sí sabrá.

Desperté y ahí estabas tú…

Traje dos cometas y cuatro estrellas de mi viaje interestelar, serán el anillo y los pendientes que adornen tu rostro angelical, mas debo confesar, que ni galaxias, ni mundos conocí que igualen una taza de café que con usted compartí.

Un sueño perfecto donde el despertar los colores no pierden magia y las cosas aún pueden hablar. Pues contigo todo tiene corazón, tiene alma, tiene dios.

Somos dos que suman tres, somos tres y seremos más. Donde la casa será hogar y el desayuno tiene mar, tiene calma tiene piedad. Eres tú mi deidad, que alimentas y que ríes y debo confesar que de noche los sueños no son tales, son solo fractales, copias iguales, de los días que paso contigo, mano a mano, a tu lado.

Hoy mi sueño maravilloso no es volar, ni al enemigo vencer, es solo despertar y saber que usted, bella señora, tiene el poder de tener a este señor de los cantares y construir un mundo sin finales donde las noches y los días serán normales, pues lo maravilloso del sueño no es hacer lo imposible, lo maravilloso es saber que nuestro amor es indestructible.

A veces pienso en lo difícil que pueden ser las decisiones. En cómo poco a poco la vida te impulsa por un camino extraño y lleno de incertidumbre sólo para que descubras las nuevas fuerzas que tienes en tu interior. Lo mucho que has crecido y lo grande de tu corazón.

Es fácil caer en el vacío del miedo y pensar que no serás capaz de lograr ese sueño tan maravilloso que tienes en tu interior. Ese gran deseo que te hará un poco más feliz y convertirá tu vida en algo más llevadero en este mundo lleno de dolor y rencor.

Pero no es ése el rumbo que cada ser merece.

Merecemos una vida satisfactoria, llena de momentos alegres y amor. Sobretodo eso. Amor.

Es algo trillado hablar de amor y decir lo maravilloso que es. Lo rico que se siente que alguien te ame o que diga que lo hace.

Hoy no voy a hacer poesía, ni a contar historias. No llenaré de adjetivos este mensaje sólo para cantar al amor bonito y real.

Porque yo creo en el amor real, en el amor a primera vista, en el amor que todo lo puede y todo lo conquista (la rima fue sin querer).

Hoy quiero compartir los caminos que el amor toma en mí. Caminos nuevos y misteriosos. Es una fuerza que tiende a doblegarme hasta el limite de la derrota, hasta sentir que no puedo con el peso de sostener ese corazón que tengo. Llega a quitarme mis propias fuerzas, pues se alimenta de ellas y me vence.

Y sin fuerzas y derrotado pienso en rendirme. Sé que la vida sería más fácil así, entregado a la potencia de mis emociones. Pues no sería responsable de lo que mi corazón dictamine, sería un simple ejecutor de una voluntad más grande, dentro de un plan que desconozco.

Acá hago la semejanza con la idea de dios. De su amor al cual debes entregarte y confiar.

¡Pero no!  No me entregaré a ese amor ajeno. No quiero un padre todopoderoso que me ame y que tenga un proyecto para mí. No.

Esa sería para mí una vida sin sentido. Una vida a merced de alguien más y sobre la cual no tengo poder. Y eso no es felicidad, ni mucho menos amor real.

El amor que creo real. Es un amor que te libera y te hace ligero. Un amor que es tuyo, nació de ti por ti y para ti. Un amor que se alimenta de amor. Un amor que te llena de felicidad hasta limites insospechados.

Pero para conseguir ese tipo de amor es necesario sacrificar muchas cosas. Descargarte para hacer espacio, pues mientras más hondo haya cavado el dolor y las lágrimas erosionado tu interior, es mayor el espacio.

Así pues, esta fuerza que me doblega y me hace sufrir no me vencerá, ni me entregaré… la usaré, me haré fuerte con ella y las lágrimas que derramé serán el vino que embriagará la fiesta del triunfo.

Amo, amo mucho y nunca dejaré de hacerlo, pero es  mi amor. Amor que nace de mí para mí.

Tengo ganas de escribir, pero no sé qué.

El cuerpo pide expulsar tantas palabras, pero la mente no las entiende. Son ruido sin forma ni color. Es sólo agua que fluye por los rincones de mi piel y me llena hasta sentirme explotar. Son palabras que hablan sin cesar. Son mis palabras no nacidas en el momento adecuado, las que guardé por miedo o vergüenza.

Mis hijas olvidadas, rechazadas… algunas odiadas.

Hablan de caminos sin final, donde los árboles pierden sus hojas en cada suspiro del cansado, de campos llenos de flores amarillas cuyo aroma adormece los pesares y alimenta la esperanza. Donde la luna y el sol no existen, pues son amantes de otro mundo y nos dejaron el amor para iluminar nuestra vida.

¡Por qué se fueron oh astros! No nos abandonen al dolor del amor, que nos consume en su deseo por brillar. Somos fugaces, pequeñas chispas de un fuego inconmensurable.

¡Vuelve sol! ¡vuelve luna! vuelvan a iluminar nuestras noches y días. Mis pasos son perdidos y ya no sé qué camino tomar.

Estamos llenos de caminos  y de tiempos.

Cargamos tanto, que el peso nos obliga a mirar los pasos que damos para no tropezar porque sabemos lo doloroso que será la caída, lo difícil del recuperarse y el tiempo perdido. Y no queremos nada de eso. Nos sentimos impotentes ante el fracaso y el miedo nos consume.

Y nuestros ojos se quedan fijos en el suelo, en las piedras del camino y en lo sucio de nuestro  calzado.

El cielo es tan alto y tan azul, las estrellas en las noches tan brillantes y coquetas, pero se nos escapan. No los vemos ni sentimos su belleza. Nos perdemos de lo fantástico del mundo y de la vida. El hecho de respirar y darte cuenta que sigues vivo, el hecho de sentir al otro y dejarte sentir por los demás, que habiten también en tu corazón.

Nos quejamos de nuestra pesada carga y la soledad del camino, pero no nos permitimos dejarla de lado y estirar los brazos y abrazar como un niño abraza las piernas de sus padres.

Abrazar como si quisieramos fundirnos con el otro. Abrazar a la vida y al amor, porque nos hacen seres humanos.

Hemos fallado tanto, tantas veces, que ya no queremos repetir ese amargo sabor.

La verdad es que perdimos el valor por vivir y nos quedamos en el tiempo intermedio, en un eterno proceso sin acabar, de un plan mágico que de razón a todo sin que nosotros tengamos que responsabilizarnos de nuestra felicidad.

Un proceso infinito que nos justifique y nos permita dormir cada noche bajo la confianza de que todo tiene un porqué y que, al final, la vida nos dará lo que merecemos.

Permite que hoy te confiese lo mucho que te odio. Sé que no tengo derecho para decírtelo, debería ser algo que me guarde para mí. Como el comentario irónico que suelte cuando alguien mencione tu nombre o la risa involuntaria cuando digan que eres feliz.

Pero hoy no lo soporto dentro de mí. Hoy quiero verte muerta a mi lado. Muerta a mano mía, sin pena, con placer.

Eres tan bella y silente y tus ojos pierden el brillo seductor del cual me enamoré. Del cual todos se enamoran, pero ya no más.  Ya nada de lo que digan o me diga a mi mismo detendrá esta marejada. Hoy te odio desde lo más profundo de mi ser hasta lo más externo del tuyo. Mi piel arde e incinera tu hedor, tu asqueroso perfume de catalogo.

Ridícula idea de comprar máscaras para seducir y luego indignarte por lo cerdo que fluye de los hombres. Patética princesa llena de defectos cubiertos de base y lápiz labial.

Triste representación de una mujer. Mujer que no fuiste ni serás, porque tus entrañas se calientan más rápido que tu amor, porque prefieres que alaben tus piernas y que sus miradas no suban a tus ojos llenos de dolor. Pretendes ser fuerte y no dudar. Reír sin vacilar, pues la imagen lo exige así. Independiente, poderosa, invulnerable.

Te digo hoy que te odio sin compasión ni comprensión. Hoy te odio como un recién nacido sabe odiar, sin limites, sin contemplaciones. Odio puro, odio que araña y muerde. Odio que se arrastra hasta tus pies y trata de arrancar tus uñas con desesperación.

Es un odio perfecto, pues no siento culpas de sentirlo. Me hace humano, me hace real.

Camino a casa Lucía pensó en lo que Moises le había prometido. Una semana pasó desde su encuentro y ella no se atrevió a regresar al parque donde se conocieron. Lo más probable es que no esté ahí – pensaba – sólo fue un lindo momento y nada más.

En el fondo le daba miedo ir al parque y no encontrarlo, su tierno corazón recién estrenado no lo soportaría.  Toda la semana luchó contra su corazón que le pedía confiar y atreverse, fue la semana más larga de su vida; y tampoco se atrevía a contarle a nadie sobre lo que pasó. Era su pequeño gran secreto, lo que se movía en su pecho y bajaba y subía de su vientre a la garganta.

Llegó a su casa y las llaves temblaban entre sus manos.

Vamos Lucía, tú has visto esto muchas veces en tus amigas. Empieza bonito y todo huele a rosas, pero pronto se acaba y vienen las lágrimas y las recriminaciones. Lucía tu sabes que es verdad, no seas tonta. Se decía esto mientras trataba de colocar la llave dentro de la cerradura.

Sin decir palabra, ni pensarlo mucho, guardó las llaves y giró rápidamente. Con paso firme y decidido fue hacía el parque. En su cabeza las ideas perdían sentido – ¡Qué estás haciendo! regresa a casa… regresa y… – ninguna razón que su cabeza le daba tenía el sentido suficiente como para detener sus piernas que independientes seguían su propio deseo de volver a temblar, de volver a sentirse pequeñas y juntarse para hacer una bolita de Lucía.

En menos tiempo del que ella podía recordar llegó al parque. Era temprano, aún habían algunos niños jugando con los columpios y parejas mirándose fijamente en alguna banca acompañaban su paso. Levantó la mirada buscando el lugar donde él la encontró. La banca marrón donde ella lloraba por no saber amar. La banca de él a unos metros. Ambas estaban vacías. Solitarias hermanas que un camino de piedras y hojas secas separaba eternamente.

No está – dijo en voz baja – no está, dijo que estaría y no está.

Sus manos se convirtieron en puños, sus ojos miraron el piso y vio como sus lágrimas caían al piso sin piedad de dios, sin aire que las salve del impacto suicida. Le dolió algo y muy adentro.

Soy una idiota – gritó – tonta de pensar en estúpidas promesas. La única culpable de estar en esta ridícula situación, pero qué esperaba; qué era lo que realmente creí que pasaría. Que él estaría sentado con la misma ropa de ese día, con la misma botella de agua y el libro que prometió regalarme. Tonta, tonta yo.

El camino a casa fue instantáneo. Su cama y su diario recogieron toda su frustración y pena.

3 días pasaron y Lucía aún sentía que pedazos de dolor aún caían de su pecho a sus tobillos y le hacían difícil el caminar. Trabajar se le hacía una tortura. Era todo tan insulso, tan irreal. Estar en la librería y escuchar quejarse sobre el precio de un lapicero era la cosa más estúpida del universo.

Dos semanas y ni una sola palabra de Moisés. Era sábado y fue la última en salir de la librería. Sus amigas fueron a una fiesta a la que ella no quiso ir. Cada día el camino a casa se hacía más largo, ese día parecía retroceder cada dos pasos. Estaba triste y quería verlo. Quería golpearlo por ser un idiota, por no ver, por dejarla.

Sacó las llaves del bolsillo por inercia, pero sus pies se toparon con algo.

Un pequeño paquete con una nota amarrada. La desató y era una carta de Moises:

Pequeña Lucía.

Te dejo este pequeño regalo, es uno de mis libros favoritos. El que me leía mi abuela en las noches al dormir. Con este libro aprendí que todo puede ser superado si confías en el amor. Aún recuerdo las noches frías en las que nos acurrucabamos los tres, mi abuela, mi madre y yo. Y ambas me contaban alguna de las historias hasta que me durmiera.

Estuve esperando en el parque algunas tardes, otros días estaba en la mañana, otros días no iba porque tenía mucho trabajo. Nunca me atreví a venir a verte en tu casa, porque… soy muy tímido para eso.

Hoy vine y tu madre me dijo que llegarías tarde del trabajo. Esperé un rato más, pero no llegaste y me dio mucha vergüenza volver a tocar la puerta y que tu mamá me dijera: “¡aún por acá!” . Por eso te dejé el regalo acá afuera.

Espero que realmente te guste tanto como a mí.

PD: si no eres Lucía la chica que vive en esta casa, por favor devuelva el paquete al piso. Sino lo maldigo a que se le caiga el pene a pedazos o que se le caiga a su pareja. Muchas gracias.

Cuando abrió el paquete Lucía esbozó una pequeña sonrisa. Era un libro muy viejo, de tapa amarilla y gruesa. Con letras doradas decía:

Cuentos Bíblicos Infantiles.

Mira a la señora Felicita. No entiendo cómo puede sonreír tanto. Debe tener todos los años del mundo encima y algunos colgando también, pero ahí sigue, cargando sus bolsas del mercado, la comida para su perro y para sus patos.

Sus hijos la olvidaron en su último viaje a la capital, sus nietos ni la conocen. Ella ya olvidó el nombre de su difunto esposo. El terrorismo se lo llevó hace ya 25 años. El terrorismo que ella conoció, el de cascos negros y gritos de comando. Un capitán dijo que por el Perú tenía que llevarse al hombre de la casa, por el Perú él se fue orgulloso y el Perú no se lo devolvió jamás.

La señora Felicita odia al Sr. Perú. Cuando todavía podía recordar cosas prometió a diosito que si ese señor venía por alguno de sus hijos le pegaría con el palo de arrear.  “Ese señor Pirou pide hombre, pide hombre para pelear porque ese señor tiene plata seguro, y la gente con plata no pelea nunca”.

La señora Felicita ya no se acuerda de nada de eso. Se acuerda de su perro y de sus patos. Se acuerda de la hora en que la mañana despierta y el campo está listo para ser trabajado. Porque ella no deja de trabajar con sus manos, como lo hizo toda su vida, siendo en un campo parecido a éste donde su hombre le dijo para ser su mujer.

“Él era fuerte y bonito. No te imaginas, yo no creía que me pedía a mí. Mi hermana la menorcita quizás, pero yo ya tenia 17 cómo pues se va a fijar en una vieja, pero no. A mí me quería el cholo fuerte y bonito. Mi mamá le pidió la dote y él pagó rápido y ya. Yo de blanco me case, ante diosito. Sí, de blanco como debe ser. Porque ni beso ni nada antes. Él estaba orgulloso y 20 cajas solito se tomó. Duro tomó. 3 días no despertaba. Yo pensaba que ya se me murió así rapidito nomás”.

Y luego de la muerte de su esposo ella nunca se casó de nuevo. “Diosito nos casó y él no olvida”. Vive ahora en la casita más triste del pueblo. Justo al final de la calle Centenario, justo después del parque sin construir.

Parece que es parte de ese parque sin construir, una pared ya media caída, la puerta sin picaporte. Amarrada con pitita, pero jamás nadie ha entrado sin tocar a esa casa.

Ella es la señora más feliz del pueblo, en el mercado le dan siempre dos papas más por cada kilo de pato que vende. Se los dan sin que se dé cuenta porque ella es justa, su esposo le enseñó a ser justa con la gente. Nunca aceptar más ni menos de lo que debe ser. Ella vive feliz cumpliendo la ley de su esposo, es fiel dice, es fiel y honra a su esposo.  A su cholo fuerte y lindo.

Es martes y la señora Felicita sale nuevamente a vender 5 kilos de pato por papas, arroz y leche para ella.  Y al pasar por una tienda un señor en la televisión decía que el Perú estaba de fiesta. Era su aniversario 189.

Ella salió rápido de la tienda gritando y rechinando los dientes. “Viejo de mierda, eres más viejo que yo pero igual te daré duro con el palo negro, dónde está mi cholo Sr. Pirou, devuélvemelo fuerte y lindo como te lo llevaste”.

Hoy tengo tanta falta de padre.  Siento silencios en abrazos y miradas que no se encuentran. las canciones no se mueven y la pelota está ilesa.

Es una tarde fría como tu espalda, la que me recuerda las veces que lloré por no entender qué hacías sin mi.

No eras mi padre, ni eras de otro. No tuve padre, no paseos, no cervezas, nada que me haga ser como tú. No sé ser padre, sé ser madre, sé ser abuelo, abuela, tía o tío, puedo ser vecino o puedo ser tu amigo, pero no sé ser padre, nunca lo aprendí.

Aún me esfuerzo por aprender, imitar, conocer y entender. Veo en las calles y grabo las sonrisas, la posición de los dedos, la torsión de los músculos al abrazar, al empujar la bicicleta, al patear el balón. Lo tendré grabado, memorizado y estudiado. Seré padre y necesito esos detalles.

Hoy necesité decirte: “Viejo ven que quiero un consejo”  y escuchar de tu experiencia, de tu hombría, de tu dolor, lo que es ser un hombre de familia.

Hoy necesité saber que un hombre construyó una vida para mí. Que puso sudor, sangre, risas y desesperación por hacer de mí lo mejor que su corazón pudo desear. Hoy miré en mi pasado y vi que no tuve padre y me dolió tanto, tanto, que ya no quiero volver a pensar en ti. Papá.

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