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Es curioso como se dan las cosas. Luego de un inicio muy esperanzador, tanto en el viaje como en las primeras semanas en Contamana, las cosas comenzaron a complicarse un poco.

 

Soy un soñador e iluso, creo siempre en las personas más de lo que se debería y guardo en mi interior la férrea seguridad en la bondad innata de las personas. Por eso cuando los acuerdos tomados con el director del colegio donde se supone iba a trabajar se desvanecieron y, ya fuera de tiempo, me fui imposible encontrar un nuevo trabajo; pues vi que era mejor regresar.

 

No fue una decisión fácil ni cómoda, como quizás algunos puedan pensar, por el contrario prorrogué esta resolución lo más que me fue posible. La vida en Contamana me parecía (me parece) demasiado agradable y placentera como para abandonarla tan fácilmente. Pero la realidad es una y negarse a verla es de necios y orates.

 

Tan rápida y silenciosa como fue mi salida de Lima fue también en Contamana.  Evite todo lo que me fue posible las despedidas lacrimógenas, a pesar de que sentía mucha pena, y sin escuchar las múltiples posibles soluciones a largo plazo, y las palabras de “no te preocupes, quédate el tiempo que quieras”.

 

Y bueno, luego de algunos sustos en el camino, un casi hundimiento del barco en donde iba y los riesgos de los huaycos en la carretera, pues llegué a Lima. A la Lima en donde me esperaban mi familia amorosa y preocupada, mis amigos insidiosos y presentes, y un trabajo repentino y aceptable.

 

No digo adiós Contamana, sólo un hasta luego…  pues estoy seguro que regresaré.

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La ciudad de Contamana es realmente bonita, guarda aún ese clima familiar donde todos se saludan al pasar y casi todos se conocen entre si.

 

Hice mis primeros recorridos por las calles, por sus sitios turísticos y me agradaba la sencillez y ternura y orgullo con la que se refieren a los mismos.

 

Imaginé que la falta de tecnología y acceso a internet sería un problema, que me aburriría  de no tener nada que hacer más que mirar, pero no ha sido así ni en un sólo instante. En Lima estaba permanentemente conectado y a la vez alejado de todos. Eran unas relaciones frías y lejanas, a pesar de lo eficiente que era para transmitir emociones a través de las ventanitas del mensajero.

 

En cambio acá, todo el tiempo estás en contacto con personas, hablas, tocas, sientes, conoces, y eso me alimenta de una manera insospechada para mí. Salgo a caminar, voy a la plaza a leer “Diálogos con Axel” o me pongo a dibujar a las personas que veo. Ya hasta me hice conocido como dibujante y los padres me piden que les haga dibujos de sus hijos. Lo malo es que como les regalo los dibujos me estoy quedando sin hojas en mis cuadernos de dibujo que llevé.

 

Además que el cielo es un espectáculo por si solo. No han sido pocas las veces en que me he quedado por horas (literalmente) viendo las nubes moverse y cambiar. Esos impresionantes algodones de dios. Y nunca me he aburrido.

 

Eduardo Criollo es el amigo de Sammy quien me está alojando en su casa, él me dice que su mayor preocupación es que me aburra, aunque le he dicho en varias ocasiones que eso nunca ha pasado, creo que aún no me cree del todo.

 

La casa de Eduardo es bastante sencilla, no puedo mentir y decir que tiene todo lo que necesito para vivir comodamente, pues no es así. El primer día que llegué todo sudado, le dije para tomar una ducha, y él con una sonrisa en sus labios me dijo amablemente que atrás estaba.

 

Grande fue mi sorpresa cuando su esposa me indicaba un pequeño entablillado afuera en la parte trasera de la casa rodeado simplemente por los bidones de agua turbia que recibían. ¡Sin nada más que eso! Pensé en desnudarme para bañarme como se debe pero en ese mismo instante aprendí que eso no sería posible. Pues las casas acá (en la zona donde vive Eduardo) no tienen muros que las separen, incluso las personas de la calle podían verme bañarme. Fue impactante.

 

Aún así estas últimas semanas viviendo en Contamana han sido una nueva revelación para mí.

 

¡Hasta ejercicios he comenzado a hacer!

El mensaje enviado por mi amigo era claro y definitivo. Tenía que salir hacia Contamana sin demora, a pesar de que las investigaciones arrojaran que no habría salidas hasta el día martes; día en que mis plazos se acababan por completo. El esposo de la señora donde me hospedé los últimos días me acompaño hasta el puerto y me ayudó a cargar mi equipaje. Luego en el muelle un señor de aspecto bastante desagradable se acercó a nosotros y nos dijo que la lancha estaba de salida y que debíamos apurarnos.

Esto me sorprendió. ¿Es que acaso el joven primo de mi amigo me había mentido? ¿Cuáles podrían ser sus motivaciones para perpetrar tal acto de falsedad contra mi persona? Pronto estas dudas estarían resueltas y mi vergüenza por haberlas considerado pronto también nacería.


El barco o lancha, bajo mis entandares eso era un barco. De unos 70 metros de largo y unos 20 de alto. Un barco con todas sus letras, pero ellos le llamaban lancha grande, que se le va a hacer.

"barquito"

"barquito"

Entré en el segundo nivel de dicho medio de transporte y el ambiente cargado con un olor característico de sudor, poco oxígeno y comida me embargó. Era un gran salón donde decenas de hamacas demarcaban claramente las zonas de paso y las zonas personales. Bultos, maletas, bolsas, servían de pequeños muros que delimitaban los espacios, cual juego de niños quienes, en sus guerras imaginarias, establecían sus bases desde las cuales se defendían de los embates del enemigo.


Acá el enemigo era el miedo ante el robo. Y yo me uní a este miedo común. Mi acompañante y el señor de aspecto desagradable cargaban mis bultos, yo les miraba extrañado como conversaban acerca de las posibilidades de que el barco salga esta noche y del lugar más adecuado para ubicarme. Se decidió que dicho espacio mío sea el centro, el mismo centro de este salón, equidistante a todos y a la vez tan alejado de estas realidades, historias, pesares.

2 soles fue el pago por cargar mi maleta y fue la última vez que vi al señor de aspecto desagradable. Mi otro acompañante me recomendó no alejarme nunca de mis pertenencias y comprar algo para el viaje, ya que demoraría. Era lunes 6 de la tarde. Una señora me ofreció una gaseosa barata, cuyo precio estaba bastante fuera de lo que esperaba. Mientras compraba dicha bebida otro colocaba un taper de plástico dentro de mi bulto, me decía que era para que comiera, pues en el barco te dan comida pero no plato. 2 soles más abandonaban mis arcas y el vendedor apuraba en decirme que los cubiertos costaban un sol más. “Tengo los míos gracias”.


Y ahí parado en medio de todos me sentí perdido, una vez más.


“Una hamaca… mire que el viaje es largo” no, gracias, fue mi respuesta. “no va a estar parado todo el viaje… tiene que tener donde descansar, además que todos vendrán con su hamaca y no se va a quedar ahí parado hasta que salga la lancha, mire que fácil sale mañana” Dicha afirmación llena de lógica y pesimismo me venció. Era necesaria esta compra. Y luego de regatear me abandonaron 10 soles más, por la más baratita “¡y le voy a dar la cuerda gratis!” agradecí y por primera vez en mi vida dormiría en una hamaca.

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Y pasó la noche y el barco no salió. Muchas de las personas dejaron sus hamacas puestas y se fueron a descansar a sus casas. Cuánto deseé poder hacer lo mismo, pero mi destino estaba atado a mi hamaca tejida, mi linda red azul y amarilla que delimitaba mi territorio. Recomendación, nunca duerman en una hamaca de red con un short con botones, pues que los traviesos suelen enredarse amplificando las incomodidades. Dejándote literalmente atado a la hamaca. Horrible.


Llegó la mañana y también llegó el momento de darle uso al taper que compré la tarde anterior. Llamaban para recibir el desayuno, créanme que lo pensé y repensé. Miré a las personas que ya habían recogido sus alimentos y mis dudas crecían como la espuma.


El desayuno consistía en un poco de avena sancochada quien sabe cómo y 3 roscas duras. Pensé en saltar esta comida, pero ya me había saltado la cena y mi estomago no se dejaba engañar con la gaseosa. Este fue mi primer contacto directo con lo que sería mis nuevas costumbres alimenticias. Aún en Pucallpa, en la casa donde estuve, tenían modos muy limeños de comer, pero de ahora en adelante ya no sería así. Es momento de comer lo que hay y como esté. No es resignación, ni una queja solapada… es la realidad.


Atrás quedó Lima, atrás queda ahora Pucallpa. Estamos en un barco, camino a Contamana, tengo hambre y comeré. Abro mi taper blanco con tapa verde, lo enjuago en lo que parece agua. Es lo que sale del grifo que hay en el barco. Lo seco bien con una toalla de mano y a hacer fila. Recibo una buena porción de avena y mis 4 roscas. Caminé dificultosamente entre el gentío y las hamacas que parecían tejidas entre ellas. Una rosca cayó. Un joven me miró, parecía tener cara de “Ey por qué no la recoges” Seguí de frente. Llegue a mi espacio, mi pequeño reducto entre mis dos maletas y debajo de mi hamaca. Mire mi avena, las roscas lastimaron mi paladar… y desayuné.


Las horas pasaron y las promesas de partir se repetían. “a las once” “a las doce” “ a las dos de la tarde en punto sale” y así.

Noche 1, lado a

Si hasta la noche anterior las decenas de hamacas colgantes me parecieron bastantes y el lugar pequeño para tal cantidad de gente con sus niños, bebes y bultos, pues es que soy un estúpido. En el transcurso del día aprendí lo que significa “lleno”. Las hamacas se multiplicaban cada hora. Las personas entraban y entraban y llegué a sospechar (en mi inocencia ignorante) que había algún tipo de escalera al fondo para otro nivel ya sea arriba o abajo. Nada, no escaleras, no pasajes secretos, no habitaciones ocultas entre las paredes de metal. Nada. Las personas entraban y se acomodaban en ese mismo espacio y mi parcela débilmente franqueada por dos maletas y mi hamaca amarilla y azul e verían vencidas por este tsunami de gente.

mañana del dia 2, lado a

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Eran casi las 7 de la noche del día martes y el ambiente era increíble, cientos de personas buscaban el mejor espacio para colocar sus hamacas y sus pertenencias. No fueron pocas las veces que propusieron el colgar una hamaca sobre la mía considerando que la había colocado bastante baja para poder dormir con los brazos sobre mis maletas. No te pases, fue la respuesta común que brinde ante sus miradas sugerentes a compartir el mismo espacio aéreo.


Llegó las 9 de la noche, luego de un par de salidas de “prueba” que emocionaron hasta al más acostumbrado, y el barco zarpó, y me sentí mejor. Mi espacio, que la noche anterior era 3 veces más amplio, lo compartía curiosamente con personas que iban a Contamana. ¡Menuda suerte la mía! Si la noche anterior el pensamiento que me embargaba sería el cómo saber si ya estaba cerca o no a mi destino, pues la mañana me traería no sólo una, sino 3 posibilidades. Un chico de unos 20 años que la noche anterior se fue a descansar a su casa y me dejó a mi cuidado su hamaca, una señora con dos niñas de 9 y 1 año, y una pareja de unos 25 años con su bebe de 6 meses. La chica era realmente hermosa, sentí una fuerte envidia al ver que tal mujer estaba ligada sentimentalmente a este otro chico, que sin ofender, pero parecía un pokemon.


Superada mi envidia inicial, comencé a conversar un poco con mis vecinos y así ganarme un poco de tranquilidad al momento que la naturaleza me obligue a abandonar mis pertenencias. Todo transcurrió con tranquilidad, a pesar de que el miedo ante el fantasma del hurto estuvo rondando nuestras horas de sueño.


La noche me trajo una hermosa vista del río Ucayali. Con una luna enorme que se reflejaba coqueta en las aguas oscuras del río. Una tormenta a lo lejos dejaba ver el poder del cielo con sus truenos y rayos. Pensé en cómo será una tormenta en vivo y en directo. Ahí debajo de ella misma, y mis deseos serían escuchados… pero después.


Lamento que estas bellas imágenes no estén capturadas pero es que estaba lloviendo y temía que una gota caprichosa arruinara mi camarilla. Sorry.


Durante todo el tiempo me preguntaba en qué momento cobrarían los pasajes, ya que durante las 26 horas que estuve esperando la salida nadie se acercó ni a preguntar a donde iba. Consulté con la señora madre de las dos niñas revoltosas que siempre jugaban bajo mi hamaca, “cobran en la madrugada…cuando ya todos estén acomodados” me pareció difícil de creer, molestar a los pasajeros en medio de la noche para ir cobrando uno por uno ¡encendiendo para ello las luces! Me parecía realmente demasiado surrealista, pero la realidad supera largamente a la ficción, y a eso de las 2 de la mañana encendiendo uno a uno los fluorescentes a medida que avanzaban una pareja iba apuntando los nombres, dni, y lugar a donde se dirigía cada uno de los pasajeros, para que inmediatamente después el monto de dinero respectivo sea solicitado y cerrada la transacción con un recibo.


30 soles más que sin pena ni gloria dejaban mis ya desbotonados bolsillos. Desbotonados porque entre tanto subida y bajada de la hamaca se habían saltado de sus lugares. Uno lo tengo guardado para cuando me de ganas de coserlo… el otro, dios lo guarde en su gloria.


La mañana siguiente no desayuné, mi sobreexplotada amabilidad me trajo nuevamente frutos, y estos muy agradables. La señora madre de las dos niñas inquietas me invitaba con una enorme sonrisa un poco de comida que ella misma había preparado bajo mi hamaca (ella había puesto un colchón delgadito que servía de zona de juegos de la nena más pequeña y cama para la señora). Un rico atún de lata con limón y algo de arroz sancochado, como postre un paquete de galleta soda. Muchas gracias señora, me salvó de la avena desconocida.


Eran las 10 de la mañana del día miércoles y Contamana aparecía a la vista. Un muelle marcaba el fin de mis horas en las aguas del río Ucayali y el fin también de mi hamaca como silla, cama, sofá y mesa. En esas casi 40 horas a bordo del barco me leí todos los libros que llevaba en mi maleta de mano. Ya mis ojos estaban cuadrados de tanto leer, aún así me agrado la estancia en el barco. Fue un momento intenso, de convivencia forzada pero amigable. Un momento para sentir, a través de los ojos de esas personas, cientos de historias de vida. De esperanzas y sueños.


Hasta acá la parte romántica de la historia en el barco, ahora la pasión, no me refiero a algún tipo de aventura sexual, nada de eso, sino la pasión que sufrí al tener que, sin ayuda de ningún tipo, hacerme de mis maletas desde ese segundo nivel hasta el extremo del barco donde por un tablón se comunicaba con el muelle.


Siempre he pensado que quien viaja debe ser capaz de poder cargar sus maletas sin ayuda. Es como una regla. Una necesidad imperiosa al embarcarte en tales aventuras el ser capaz de mover tus pertenencias sin intervención externa. Esto asegurará que en caso de emergencia nada valioso deba ser olvidado por la imposibilidad de movilizarlo.


Ese día aprendí lo que mis pensamientos pesan. Mis maletas cual anclas del pasado se matrimoniaban con la gravedad para juntas succionar toda la poca fuerza que mis delgados brazos poseen.

Las personas me veían pasar sudando y con los labios apretados, pidiendo permiso al pasar con suspiros más que palabras, pero lo logré. Despacio y con muchas pausas para recobrar el aliento que no tenía. Poco a poco, una maleta primero, luego la segunda. Con la mochila presionando mi espalda y con la preocupación de un celular apagado por falta de batería.

Sin aliento, sudado, y con 40 horas de viaje sin tomar un baño… era un asco. Simple y sencillamente, un asco. Llegué a Contamana, por suerte en un puesto de seguridad me dejaron enchufar el cargador de mi celular y con eso conseguir comunicación con mi amigo para informarle de mi llegada sano y salvo, obviamente omití los detalles vergonzosos de mi arrastre y de las horas sin agua y jabón.

Me dijo que esperara que ya llegaba Eduardo Criollo a recogerme. Pues a esperar, pensé yo. En la zona de espera habían unas bancas y un televisor en el cual pasaban una película de Elvis Presley. Nunca antes había visto una cinta del rey, y creo que apenas pueda lo haré, pues que me ha gustado. ¡La película, eh!

Pasó poco más de una hora desde mi llegada a Contamana y yo estaba enganchadisimo con la película, cuando en mis habituales giros de cabeza mis ojos se encuentran con unos pequeños ojos marrones oscuros, una persona pequeña, de aspecto rechoncho me preguntaba: “¿tú eres el amigo de Sammy, de Lima?”


Y nuevamente un mototaxi me llevaría a mi nuevo hogar.

Debo confesar que cuando llegué me sentía solo. No sólo la obvia sensación de alguien que está en un lugar desconocido sino el hecho de que me encontraba por primera vez alejado de todo lo que conocía y de todas las personas que quería. El viaje en bus había acabado y de golpe llegó a mi la realidad. Estaba en Pucallpa a 800 km. de Lima. Sé que sonará tonto, o ingenuo el pensar que antes de este momento no hubiera sido consciente de este hecho, pero es que soy un tonto ingenuo, que le puedo hacer.

 

Esperé por algunos minutos que la prima de mi amigo me recogiera del terminal, habían muchos mototaxistas que trataban de cargar mis maletas en sus vehículos para así ganar una “carrera”. Yo firme me mantuve en mi lugar y afirmación: “Estoy esperando a alguien, no, gracias”. Ya cuando sólo quedaba un solo señor a mi lado insistiendo en que el podía llevarme a donde quisiera, que sólo debía indicarle el lugar o el nombre de la persona y él “amablemente” me llevaría. Dudé. “Hola, ¿tú eres el amigo de Sammy?”. Mi salvación. Mi cuidadora había llegado y con ella el fin a mis tribulaciones.

 

Nos fuimos a su casa en el mototaxi del señor que pacientemente esperó junto a mí en el terminal y regateando el precio por la carrera convinieron que 3 soles era un precio justo. Lo cual me hice creer que la casa de dicha muchacha estaría relativamente cerca. Nuevamente el error de medir las cosas con el canon limeño me jugó una mala pasada. No sólo el tiempo es diferente, sino también el espacio, pues el transporte de nosotros dos con mi bulto a través de la ciudad por mas de 15 minutos por el módico precio de 3 soles en Lima sería algo no sólo impensable, sino ridículo y digno de la más respetable mandada a que te lleve tu abuela.

 

Los días en Pucallpa transcurrieron tranquilos, realmente la ciudad no es tan grande como podría pensar… en comparación será del tamaño de un distrito mediano de Lima. La familia con la cual pasé esos días son realmente amables y con el hijo menor pude conocer gran parte de la ciudad un día en que salimos a pasear en su moto. Lamentablemente no pude tomar muchas fotos porque como es febrero están con esto de los carnavales y los baldazos de agua vuelan sin temor. Mi cámara no podía correr esos riesgos.

 

quiere salir!!!

quiere salir!!!

 

la casheee

la casheee

Pucallpa es una Lima pequeña. Y creo que el proceso de modernización de una ciudad pasa equivocadamente por el modelo Lima. Pues vi como esa linda ciudad era consumida por bares, fábricas, comercios y ambulantes; todos centrados en un pequeño foco en la ciudad. Y esto trae a la delincuencia. Y ya las calles no son seguras, las casas comienzan a fortificarse y las personas a temer.

 

Las recomendaciones que recibí ahí en esa ciudad fueron las mismas que podría recibir al querer pasear por Lima: “Cuidado con salir de noche”, “no tomes motocarros de noche y con cosas que puedan llamar la atención”.  Me dio pena, mucha pena como el desarrollo económico de un pueblo pueda avanzar ignorando las heridas que ara en las tierras donde germina.

 

Soy una persona muy amable cuando quiero, y este viaje me ha permitido explorar los limites mismos de dicha cualidad. Los frutos de dicha exploración fueron explosivos e inmediatos. La señora, tía de mi amigo, me comentaba que Contamana no era un lugar adecuado para alguien como yo, que debería quedarme en Pucallpa y buscar trabajo ahí. Que es una ciudad desarrollada y que podía incluso quedarme ahí con ellos, que los cuartos que tenía no los había alquilado por no contar con la confianza suficiente para ceder un espacio en su hogar a un desconocido. Esta declaración me hizo sentir muy bien. Fue un momento muy agradable y lo agradecí enormemente. Me sentía cómodo y además había la posibilidad de conseguir trabajo en una ONG local por una amiga la cual me prometió llamar para concretar.

 

Nunca me devolvió la llamada.

 

Nuevamente este camino de vida me ofrecía un lugar cómodo y seguro donde estar, con amplias posibilidades de conseguir trabajo y de hacer una vida ahí. Y es que estas pausas seductoras no descansan. Se abalanzan sobre tu espíritu como un ancla se aferra al lecho marino. Y dudé.

 

Un mensaje de texto enviado por mi madre, ante la notificación de esta nueva posibilidad, me despertó de mi letargo: “Que bien hijo, pero tu objetivo es el colegio”.

 

Tan claro como directo. Mi objetivo de toda esta travesía era conseguir experiencia en el ámbito educativo, de ofrecerme a mi mismo la posibilidad de enseñar en un espacio escolar. Y mi amigo desde Lima me apuraba: “sal ahora que sino se pierde todo” Y en menos de 30 minutos ya estaba camino a la lancha que me alejaría de Pucallpa y me entregaría cual hijo prodigo a esta nueva casa… Contamana.

 

Es que cuando deseas algo desde el corazón, así no seas consciente de este deseo… todo el universo conspira para concederlo.

 

Mi visita a Pucallpa me agradó, pero creo que dicha sensación está ligada a las similitudes que esta ciudad guarda con Lima. Mi lejana Lima, Lima limón…

Un detalle que alimenta mi imaginación en mis viajes interdistritales en Lima es una curiosa constante. Cuando voy en un asiento doble es muy común que este se mantenga libre hasta el último. No sé si irradiaré una estela repelente que hace más atractivos las otras ubicaciones. O por el contrario mi corpulenta figura construye una ilusión óptica que engaña las retinas de los otros viajantes y pasan de largo al pensar que dicho asiento carece de disponibilidad.


Sea cual sea el motivo, yo nunca renegaba de la soledad que las personas me brindaban. Mas pensé en lo difícil que será, en este viaje en bus por casi 24 horas, el compartir asientos con un extraño. Ya me imaginaba la clase de conversaciones que mantendría, los ruidos que haría al dormir, incluso, si se tratase de una bella señorita, albergaba la esperanza de un idilio corto que acortara las horas de viaje. Todas esta clase de cosas y más pululaban en mi mente, pero no fue así.


Cuando compré mi boleto me ofrecieron muchas opciones, yo escogí el número 28 junto a la ventana. No muy adelante ni muy atrás. Un tanto seguro en caso de colisiones, aunque ante un desbarranco nada se podría hacer. Sí, lo sé, soy un paranoico. Mas parece que el 27 no fue un número muy atractivo para nadie. Un bus con 60 asientos, comprados unos 40, se le sumarían unos 19 en el trayecto. 59 asientos ocupados. Y el número 27 sería el afortunado, o no, que se mantendría libre durante gran parte del trayecto.


Esto fue favorable pues me permitió tener más comodidad para manejar mi equipaje de mano y usar el espacio extra para usarlo como cama. Aunque se extrañaba el poder conversar con alguien, este fue un precio no tan alto considerando lo valiosa que resulta la comodidad en un viaje de este calibre.


Por otro lado las cosas que vi, las ciudades, personas, animales que en el camino pude observar fueron incontables. Cada vez que veía algo me imaginaba toda una historia que explicaba el porqué es que esa persona o casa se encontraba ahí en ese momento en particular.

Ríos y quebradas
Ríos y quebradas
valles y más valles
valles y más valles
Zona urbana
Zona urbana
Camino hacia lo desconocido
Camino hacia lo desconocido


cruzando el rìo
cruzando el rìo
La fuerza de las aguas..
La fuerza de las aguas..

Decir que fue un viaje descansado sería mentir, todo el tiempo la paranoia me desvelaba, la posibilidad latente de algún pasajero delincuente que en su mira me tiene me acuchillaba. Sentía las miradas de hombres sencillos como observaciones clínicas que en mi desconcierto desvelaban mis posesiones más preciadas. Huelga decir que infundados mis miedos estuvieron, no sé si mi corpulencia generó la habitual ilusión que mantuvo a raya a los malhechores.

El camino fue largo, muy largo, más largo aún cuando le sumamos mis ansias por llegar a tiempo, ¡ja! Que iluso el pensar en el tiempo, que fuera de Lima transcurre en ritmo diferente, más lento, más calmo. Y claro que no llegué a tiempo, era tarde y la prima de mi amigo me decía que mejor fuéramos a descansar a casa de su familia porque ya no habría lanchas. Y así lo hice. Y llegué a Pucallpa, entero y con maletas que pesaban más que yo.

No es sorpresa el imaginar que mi madre y hermana querían estar conmigo en el momento del abordaje en el bus. Pero la noche en cuestión fue una para recordar. Desde las galletas de agua que mi madre amorosamente me recomendó para “matar” el hambre durante el viaje, la riquisima ensalada de la pollería en frente al terminal, el auto de Jesús súper antirobo con las puertas que se abren cada una a su manera, hasta el momento en que las manos agitadas en el aire expresaban con la fuerza del amor un deseo contenido.

Pero no me fui. El bus se estacionó frente al terminal a hacer no sé qué, y ahí me quedé. Mi madre se sonrío y mi hermana puso sus manos en las caderas haciendo ver su sorpresa e impaciencia. “pues hombre vete ya, ya hicimos el drama… no lo hagas más larga”. Y el bus volvió a encender motores, pero la luz del semáforo obligaba a esperar un poco más. Y nuevamente las manos al viento, y el deseo expresado en miradas y no me fui. El bus volvió a detenerse y el chofer bajó. Ahora quién se reía era Jesús, mi mamá aún tenía las manos en el cielo y yo la miré y la extrañe mucho.

Luego de unos 20 minutos de esperas y despedidas, partimos y sus sonrisas en la noche de Lima quedaron grabadas en mí. Eran cerca a las 9 de la noche del día viernes 06 de febrero del 2009. La noche en que Lima desapareció de mi vista, en que su cielo gris devorador de estrellas, su aire húmedo y lleno de deseos de superación; en que sus peligros y pirañas quedó atrás. Lima mi querida ciudad, atrás quedan tus paredes llenas de pintadas de grupos de niñatos que creen ser malos, atrás los afiches de candidatos cuyas promesas se descascaran casi al unisono con la impresión. Atrás, muy atrás tus calles llenas de gente sin rostro, sin identidad que se pierden en tus entrañas. De edificios colosales que indiferentes se muestran al de a pie. Atrás Lima, muy atrás… y aún así te extraño.

Hace ya dos años que un amigo me hablo de Contamana y en realidad en ese momento no pensé mucho en el asunto, confieso que me pareció una idea loca. Estaba tan bien en Lima, tenía trabajo, una familia que me cuidaba, todas las comodidades que un joven de mi edad pudiera desear, mis amigos y amigas con los cuales salía a divertirme o tomar unos tragos en la siempre activa ciudad capital.

 

Estaba feliz, y eso es lo que siempre deseé. Ser feliz a pesar de todo y a pesar de mi mismo.

 

Pero al mismo tiempo una apatía me consumía. Una sensación de aburrimiento generalizado que a pesar de todas las marquesinas fulgurantes de mi entorno no conseguía quitarme de encima. Y comencé a pensar en mi felicidad.

 

Según mi entender una persona feliz lo es porque: o no tiene problemas, o porque a pesar de que tiene múltiples dificultades sabe resolverlas y ver a través de las mismas la magnificencia de la vida. Siempre me consideré un miembro de este último grupo. Había conseguido muchas cosas gracias a mi esfuerzo y dedicación, sin desdeñar el capital soporte que mi familia, adorada y amada comunidad, siempre supo ofrecer. Y me hallaba a mi mismo en una envidiable posición.

 

Un profesional de la educación con amplia experiencia en trabajo comunitario y conocimientos sobre la sexualidad adolescente juvenil. Trabajando en una ONG de reconocimiento mundial como World Vision, en la cual, gracias a mi trabajo me pedían que me quedase ofreciéndome muchas opciones de trabajo nada despreciables.

 

Y me preocupaba una desazón en mi. No estoy feliz, me siento abatido, aburrido. Y veo mi situación con claridad. Soy un ave, un águila encerrada en una jaula de oro. Con todo lo que puede desear pero sin capacidad de volar libre, con alimento pero sin la pasión por la caza.

 

Y es que cuando estás en el camino de la vida esta te ofrece momentos de descanso. Pausas. Puntos suspensivos desde donde puedas respirar y ver con agradecimiento lo obtenido. Estas pausas son agradables lapsos de sosiego y seguridad, pero son peligrosas. Peligrosas en que seducen al sueño, invitan cual canto de sirena a hipotecar tus ímpetus y pasiones por la bien merecida seguridad. ¿Tiene algo de malo el desear la seguridad para ti y los tuyos? Definitivamente no. ¿Es rendirse el abrazar los productos del trabajo y compartir sus frutos con tus amados y sentarte a dormir al pie del árbol de la paz? No lo es.

 

Ser agradecido con la vida y gozar con lo bien obrado es parte de este camino. Es sentirte uno con lo producido y disfrutarlos. Mas cuidado hay que tener, recordar que estos frutos sólo son agradables en el momento de la cosecha, y que la seguridad es placentera mientras no aprisione el espíritu.

 

Somos animales de costumbres, y nos cuesta cambiar. Lo acepto, yo también caí seducido por estas  artes, mas mi alma inquieta clamaba por más. Sin desdeñar, ni renegar, cual marea que parece plácida oculta dentro de sí una vorágine. Y mi torbellino se formaba en nubes calmas.

 

Llegado el momento las casualidades, que no son tales, se hicieron decisiones; y las decisiones se convirtieron en acciones.

 

Una persona que conocí hace ya dos años de una manera muy fortuita es ahora piedra angular de un cambio radical en mi pensar. Si me hubiera demorado un día o dos más en inscribirme en ese curso de inglés, o si hubieran decidido ponerme en otro grupo, o si la nueva reglamentación para educación no exigiera inglés, etc. Muchas opciones, demasiadas posibilidades, increíble es, si me pongo a pensar, en las pequeñas cosas que fueron necesarias para que este encuentro fuera posible. Y aún así, lo fue.

 

Aproveché el cierre de proyecto en World Vision para anunciar mi viaje. Lo tomaron con sorpresa y desazón. Fue una decisión difícil, muy difícil. Avise a mi familia de mi viaje y mis proyectos para este año lejos de ellos. Fue aún más difícil, pero algo maravilloso sucedió.

 

A pesar de la congoja, toda mi familia y amigos mostraron una confianza plena en mi. Me llenaron de consejos y buenos deseos. Y de una manera u otra trataron de hacerme más sencillo la despedida. Lo agradezco infinitamente. Creo que no deben existir las despedidas entre corazones que se aman, creo que sólo existen encuentros. Y dentro de poco este camino de la vida nos volverá a poner frente a frente mis bien amados.

Bueno, luego de muchos retrasos e indecisiones el viaje al oriente caliente se concretó. Fue un viaje alucinante con unos paisajes hermosos y un dolor de culo impresionante.

Esta sólo fue una pequeña entrada para hacerles saber que estoy bien y que ya pronto les daré mayores detalles.  No lo hago ahora porque: a) no tengo fotos que postear, porqué olvidé el cable de la camará; b) el teclado es una desgracia y tengo que borrar 3 de cada 4 palabras que escribo.

Saludos y ya les contaré más.

A veces pensamos en lo que haríamos el último día de nuestra vida, y nos ponemos aguerridos y decimos cosas como: “Pues saltaría de un puente, haría paracaidismo, le diría a mis seres queridos que les amo, no desperdiciaría ni un minuto y haría mil cosas…”

Pensamos en que ese “último día” es algo lejano y al fin y al cabo, imposible de predecir… por lo que lo olvidamos por completo. Pienso esto a un día de viajar a la selva y digo, ¿es este mi último día? ¿debería estar más de lo normal con mi familia? ¿aprovechar todos los instantes en decirles cuanto los amo y extrañaré?

Yo digo que NO. Y no es que no lo sienta o desee, en parte, sino porque creo que nuestra vida debe ser vivida sin presión de si es o no el último día de algo. No quiero irme abrazando más o besando más sólo porque era “el último día”. No quiero decir te amo a alguien sólo por el temor de no volver a verle. He aprendido que mis seres queridos me seguirán queriendo así este en la China, y yo les amaré de igual manera esté donde esté.

Este es mi último día en Lima, y no me apetece más despedidas, quiero estar en mi casa, frente a mi computadora como todos los días a las 18:35 horas.  Quiero irme sabiendo que mi familia vio siempre al mismo Adolfo que ama y que tengan la certeza que seguiré siendo el mismo donde la vida me lleve.

Y como le dije a una amiga, cuando llegue la cuarta cosa que buscaré será una conexión personal de Internet. Porque me gusta estar siempre en contacto con mis seres queridos, y ellos saben que siempre me podrán encontrar por este medio.

Hasta luego mi querida y poco apreciada Lima, veremos si el futuro decide volverte a ver o ya la vida tiene nuevos planes para mí.

Un viaje inesperado, un camino incierto, un futuro emocionante.

Aún cuando sepa poco de mi nuevo hogar, siento que es el momento exacto para hacer este cambio. Creo incluso que los días “extra” que me estoy quedando en Lima son extremadamente necesarios para poder cerrar cosas y para permitir a mi familia el asimilar la noticia.

Contamana, al norte de Pucallpa, una ciudad pequeña pero hermosa. Pienso en cómo será mi vida ahí. Pienso y pienso, pero no queda más que espear, unos días ya nada más. Unos días antes de la gran partida y despedida. Pues no pienso regresar en un futuro inmediato. Pienso en mi tiempo acá y pienso y pienso.

A veces pienso demasiado… allá tendré tiempo para aprender a dejar de hacer eso y vivir, y vivir. Porque a veces la ciudad te lleva en un frenesí consumista que te obliga a trabajar para vivir.

A veces trabajamos en cosas que odiamos para comprar cosas que no necesitamos”.

Cita de Fight Club

Contamana, la selva, el río, la naturaleza. me permitirán vivir por vivir y sorprenderme por su maravilla.ya les iré contando más. Y claro… ¡¡¡habrán muuuuchas fotos!!!

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