Crecer y no creer, jugar y pensar, sentir y temer. Conjugaciones enormes para un niño, para un anciano, para un ser humano.

Cómo detener la bola de nieve que rueda libre y se alimenta de lo que aplasta. 29 años de ruedo, miles de días sirviendo de alimento. Millares de horas perdidas en el pavimento. Debo ser fuerte y no llorar, pero no lloran mis ojos, ni lloran mis manos, llora mi alma ignorada por los años, llora mi niño abandonado, llora un hijo rechazado, llora un Adolfo perdido en el pasado.

Y de qué vale llorar tanto.

¿Lavaron vergüenzas y manchas del pecado? ¿Disolvieron palabras o devolvieron la sonrisa al mal amado? Nada, pues es llanto invisible guardado para tus adentros. Es egoísmo cegado por temores sin fundamento.

Tienes pasado que pesa como pesa la piedra en el camino. Como pesa la mirada de quien amas con el corazón partido. Como pesa levantarte en la mañana el día que todo salió mal. El día que nunca debió amanecer. El día en que mi miedo se hizo fuerte y me arrastró al pasado y yo me dejé ir.

Me llevó al mundo de la duda, donde los “y si..” juegan con los “podría” y veo como perforan cual mineros toda certeza conocida.

Y al regresar al mundo ya nada es real, ya nada es eterno ni mágico…

¿Estás ahí aún? Oigo el aire que sale de tus pulmones, pero dudo que respires el aire que yo respiro…

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