Es curioso como se dan las cosas. Luego de un inicio muy esperanzador, tanto en el viaje como en las primeras semanas en Contamana, las cosas comenzaron a complicarse un poco.

 

Soy un soñador e iluso, creo siempre en las personas más de lo que se debería y guardo en mi interior la férrea seguridad en la bondad innata de las personas. Por eso cuando los acuerdos tomados con el director del colegio donde se supone iba a trabajar se desvanecieron y, ya fuera de tiempo, me fui imposible encontrar un nuevo trabajo; pues vi que era mejor regresar.

 

No fue una decisión fácil ni cómoda, como quizás algunos puedan pensar, por el contrario prorrogué esta resolución lo más que me fue posible. La vida en Contamana me parecía (me parece) demasiado agradable y placentera como para abandonarla tan fácilmente. Pero la realidad es una y negarse a verla es de necios y orates.

 

Tan rápida y silenciosa como fue mi salida de Lima fue también en Contamana.  Evite todo lo que me fue posible las despedidas lacrimógenas, a pesar de que sentía mucha pena, y sin escuchar las múltiples posibles soluciones a largo plazo, y las palabras de “no te preocupes, quédate el tiempo que quieras”.

 

Y bueno, luego de algunos sustos en el camino, un casi hundimiento del barco en donde iba y los riesgos de los huaycos en la carretera, pues llegué a Lima. A la Lima en donde me esperaban mi familia amorosa y preocupada, mis amigos insidiosos y presentes, y un trabajo repentino y aceptable.

 

No digo adiós Contamana, sólo un hasta luego…  pues estoy seguro que regresaré.

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