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Uno sueños con el futuro, hablo de paz y veo los sonidos de las almas soñadores. Pienso y pienso y no comprendo como hay tantos que respiran, y no anidan este sufrimiento. El dolor de la alegría, el olor de amor, de amor eterno.
En mi telar trabajo sin cesar por producir un abrigo polar que tapar pueda el hablar sin pensar. Jugar y jugar, y me divierte el pensar que tú no lo comprendes, es normal, tú eres normal, y yo soy el ademán de un dios que ya descansar pidió a su majestad, la humanidad.
Estoy tejiendo algo nuevo, un huevo sin fuego, con ruego tiento que no salga luego un ave tosiendo, un pollo corriendo, un mundo muriendo. Es un huevo, nada puedo lograr con él, sólo el empollar y ver si cacarear enseñar a un reptil lograré o aletear a una serpiente, perderé.
Ya es tarde y la jornada acaba, las agujas afilarse deben, cloridio para ojos penetrados, putas del taller, putas tristes, sin curvas, sin honor, frías de corazón, frígidas de pasión.
El tejido está sin acabar y hoy dormiré sin ver el ovillo, lo dejaré en el piso, junto a los retazos de un trabajo anterior, era un pequeño olvido que dejé para después. Ahora a dormir.
Tengo en mi mano dos recuerdos olvidados,
están juntos, hoja y línea, hoja y verdor
sólo dos, no tres ni cuatro, sólo dos,
pues a los demás acabó el dolor.
Traté de cambiar de mano
llevar al sur su luz
¡se ha apagado!
dedos cruz.
¿Dónde estarán?
par de caminantes
cansados, extenuados
de vivir, de sentir, ¿dónde?
son diez pasos, diez garras de pez
atrapados entre cañones enmarañados
contenidos en piel, sudor, y bacterias del hombre.
Tengo una ausencia residente. Con habitación propia, puertas púrpuras y óleos en las paredes. Una ausencia borracha de mis amores, que pierde llaves, y llega tarde los domingos por la mañana.
Vive en mi ventrículo izquierdo, el rebelde, el revolucionario. Latido cubano de los setenta, continua diástole actual, de Ché impreso en camisetas de 10 soles.
Mi ausencia es decorativa, sin autor, pero es mí ausencia.
Cuando salga, o tú llegues, mi ausencia no estará más. Ya está vieja y la dejaré en un asilo, con mi gato preferido, con sus medias más abrigadoras. Y será feliz.
Y al final de mis días, será una fotografía sobreexpuesta lo que me regrese a ella. Y será tus manos sobre las mías, tus lágrimas en mis mejillas, las que la desdibujen para siempre.
Tengo un pasado que duerme en mis hombros.
Son momentos rebeldes, que agreden a los recién llegados.
Con ojo abierto sospechan de mí.
Su peso quiebra fémures, sonrisas.
Tengo dos luces, ya no brillan, sólo mojan;
dulces, gotas rojas de alegrías, de vida, de pasado.
Ardillas roedoras, serpientes viperinas,
restos de un amor ya olvidado.
Tengo 3 latidos menos, dos suspiros de más,
una lágrima huérfana, un beso sin paz.
De qué vale un llanto sin faz.
De qué un suspiro falaz.
Catorce días de absuelto,
en mi labor infernal, de guardián
cancerbero total, Eurídice no ha vuelto.
Ni yo la espero ya.
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos,
quererte como sos.
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.
Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos.
Mi estrategia es en cambio
más profunda y más
simple.
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
Mario Benedetti
Veinte estrellas tuvo Neruda. Una yo, era mi Sol.
Cuando leas estas líneas te encontrarás al otro lado del mundo, del mundo de los sentidos platónicos. Un mundo falso e inconstante. El mundo real.
Y empieza así mi carrera final, sobre el sendero que me lleva a ti, querida luz solar, que empollas mis sueños fugitivos, que azuza mis pasiones totales. Dame el tiempo para nacer y devorar los troncos de segundos que me harán el hombre de la pintura. Tu hombre con alma de niño y sueños de anciano.
Tú, mi querida mujer, serás la madre de mis seguridades, la partera de mis proyectos más descabellados, la musa de mis textos más profanos, la protagonista de mis cinematográficas construcciones nocturnas, la palomilla de mis cielos más despejados.
Sí. Eso, una palomilla al vuelo, que alegra y enamora. Que trae ramas de olivo a las esperas diluvianas. Que se posa indiferente y atractiva sobre los demonios de un alma timorata, para elevarlos hacia el infinito, hacia su casa lunar, hacia su nido, hacia su corazón.
Cuando leas estas líneas, no tendrás que pensar en mí linda palomilla. Pues estaré contigo leyéndolas contigo. Respiración tras respiración, suspiro tras suspiro. Y cada coma será nuestro refugio para un beso robado al amo del tiempo y del espacio. Y los puntos… los puntos serán las camas donde reposaremos nuestros dolores adquiridos y nos amaremos una y otra vez.
Increíble el arte que unas manos pueden llegar a poseer. Sólo disfrútenlo.
Parte 1
Parte 2
Simplemente hermoso.
Es un pasaje de luz en el castillo de mis pasiones, de mis camas a medio tender, de mis zapatillas sucias de polvo y olvido. ¡Oh! Dulce castillo de arcilla ennegrecida por la desidia y la traición. ¿Qué ser aquello que desposeerte de tu noche puede?
Una pequeña estrella. De alma irresoluta y atrevida inunda mis espacios personales. Oh castillo ¡Detenla!
Detenla te lo pido, mis ojos se lastiman con su presencia. Dile que se aleje de nosotros, de nuestra nocturna compañía, y de mi dolor de madre sin hijo.
¿Qué haces conmigo dulce estrella? ¿Por qué te acercas a este páramo lascivo? ¿No sabes acaso que tus brillos insultan a los desdichados seres de las sombras? No, no. Nunca me importaron esos otros congéneres míos. Animales insensatos. No. Lo digo de nuevo, por mí. Sin pregunta, afirmo.
Te burlas de mí con tu presencia arrolladora y a la vez efímera, pues éste no es tu lugar. Quizás estés perdida o de paso, pero sabes, como yo, que no te quedarás. Y cuando te vayas… ¿qué será de mi castillo, de mi páramo y de mí?
Cuando vuelvas a las alturas donde perteneces estrella mía. ¿quién secará mis camisetas turquesas? Responde sin dudar, pues, de ti, un suspiro resuena y un pestañeo agobia y aprieta mis uñas roídas. Responde dulce estrella mía. Responde sin dejar de brillar en mí.
Y aún así el calor me llena y mis brazos se elevan al infinito… mi castillo se hace polvo y un cielo de abrazos contenidos se libera de mis ojos inundados de felicidad. Y renazco en ella y ella en mí. Mi estrella soy yo y yo un cielo de nubes de leche y semen. Y soy feliz.
Es un lunes por la tarde y ya todo acabó. Veo nubes moverse y aves hablar. Mi estrella está lejos de mí y dentro de mí. Es momento de esperar. El tiempo de gravidez ha empezado.
Es de mañana y los pasos del ayer se sienten en mi puerta. Prefiero dormir un poco más. Mi pasado seguirá ahí cuando despierte, siempre estará ahí.
Casi las doce, y el muro de mis lamentaciones reclama mi presencia. Una invitación ineludible lo saben. Camino dos pasos, quizás tres, cuando un recuerdo viene a mí. Me coge de los cabellos, me gira el rostro hacia él, me atrapa y yo me dejo caer. Me tiene. Me tiene suya y me gusta.
Entre las almohadas y mis sábanas aún tibias un escenario se abre, un sueño de voces pasajeras, de sombras y de risas olvidadas. Un sueño raro como todos y simple como sólo cada uno de ellos sabe serlo.
En él mi boca se abre y no sale nada. No hay nada. Un agujero negro que absorbe la luz de la esperanza, que devora lo tranquilo de una mañana, lo dulce de un “te quiero”.
Mi muro truena y me libera de mi onírico captor. Es tan fuerte que le temo. Temo que decida aplastarme con la masa de mis temblores, asfixiarme con el agua de mis vacíos. Es un delicado muro de barro, y le temo.

