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“When I was a kid I used to pray every night for a new bicycle.
Then I realised God doesn’t work that way, so I stole one and prayed for forgiveness.”

Bansky – Manifiesto

Hoy la pensé…, la pensé y me ha llamado…

¡Hoy creo en Dios!

- Adolfo Lara Becquer.

Un gran artículo de opinión encontrado ya hace mucho tiempo en El destino de Iscariote y recién compartido por este medio para ustedes. Espero que lo disfruten, y si no, por lo menos que sean tolerantes.

Dice Savater que tolerancia es «que a uno le guste que haya cosas en la sociedad que no le gusten», y dice bien. De nada sirve ser tolerante con las cosas que a uno le agradan: el reto es ser capaz de respetar a quien realiza actos y tiene ideas que no sólo nos parecen equivocadas, sino que nunca los haríamos o pensaríamos. Es el caso de la orientación sexual o los ideales políticos, que conllevan actitudes distintas y respetables siempre que no entren en conflicto con los derechos de los demás.

Esa coletilla, la del respeto a los derechos de los demás, suele ser omitida cuando se habla de respeto religioso. Partiendo de la base de que la etiqueta «ateo» no define, cabe destacar que los descreídos también cuentan con derechos en materia de libertad religiosa. No creer en dios es de hecho una postura religiosa y por tanto amparada en dicho derecho, y eso es algo que los creyentes suelen obviar en sus manifestaciones religiosas. Nunca en la Historia se ha visto a un creyente pararse a pensar si con sus exhibiciones y ostentaciones de fe ofende a quien no cree. Cuando intentan presionar en aspectos científico-médicos (eutanasia, células madre) no se dan cuenta de que ofenden a quien no comparte sus mitos. El Estado, al decidir proteger y apoyar activamente las distintas confesiones, deja de ser el garante de la libertad religiosa de todos y toma partido por todas las opciones menos por una: la de los que no tienen religión por propia elección. Las religiones deben ser defendidas por sus miembros, y el Estado debe tolerarlas y respetarlas, pero no protegerlas. Citando de nuevo a Savater, «hay derecho a la diversidad, pero no diversidad de derechos», aunque en la práctica no sea así: la crítica zafia y grosera de símbolos religiosos no sólo debe ser amparada por la libertad de expresión, sino por la religiosa. La mofa de la religión es una postura religiosa, y paradójicamente debería, en ese marco de errónea protección, ser potenciada.

Hay ideas que no son respetables. Uno puede tener un interés poético-filosófico en intentar entender cómo llegó a pensar el Marqués de Sade, pero nunca lo pondría a impartir educación sexual en la secundaria. Del mismo modo, las morales religiosas son útiles porque nos cuentan cómo ha evolucionado nuestra convivencia, pero no pueden marcar con sus patrones dogmáticos las relaciones sociales de los seres humanos del presente. De hecho, precisamente en aras de ejercer esa libertad religiosa, los ateos reclamamos de la religión que acepte su carácter eminentemente poético. «Las religiones son poesías tomadas en serio»: «no hay nada en el mundo que la religión no pueda explicar, y por eso la religión es falsa». En la medida en que sea aceptado el componente poético de la religión y no se trate de trasvasar el dogma a la política o la ciencia, es posible convivir y por tanto respetar esa religión, ya que se habrá asegurado la falta de conflicto con el derecho ajeno.

Esa aceptación, y su falta, es la que configura el escenario mundial en la actualidad. Contrariamente a lo que se repite, no estamos ante un choque de civilizaciones ni necesitamos una alianza de las mismas, porque sólo existe una civilización. Tal palabra simplemente designa al conjunto de soluciones que los humanos dan a sus problemas, y en el planeta ya globalizado es evidente que esas soluciones son también globales. Existe un choque cultural y/o religioso, pero ni la cultura ni mucho menos la religión definen una civilización. El conflicto que vivimos no es, por tanto, sino un cara a cara entre democracia y teocracia, entre una visión de las relaciones humanas basada en la libre elección y otra basada en la sumisión a principios inmutables. Su causa está ya indicada: la religión ocupando lugares que no le deben corresponder. Es difícil formular su solución real, pero tras haber purgado nuestra cultura de absolutismos tenemos derecho moral a purgar otras.

He aquí expresiones y recursos que no debemos usar cuando hablamos
sobre creacionismo, a no ser que seamos creacionistas:

1.- Hablar constantemente de Darwin para referirnos a la evolución.
Como si no hubiera llovido nada en en panorama científico desde su muerte hace siglo y cuarto. Como si la evolución se redujera a lo que se le ocurrió a este buen señor en el año de Maricastaña, cuando viajaba en un barco. Como si sus teorías permanecieran hoy en día intactas, al margen del enorme progreso de la biología.

2.- Decir “teoría de la evolución” cuando queremos decir “hecho de la evolución”. Y viceversa. Son cosas totalmente distintas: las teorías explican los hechos; los hechos no explican nada, simplemente existen.

3.- Decir “ideas” cuando nos referimos a las teorías científicas (que son mucho más que meras ideas).

4.- Decir “convicción” o “creencia” cuando nos referimos a una teoría científica. De nuevo: las teorías son mucho más que creencias. Y, por otra parte, en las teorías no se cree. Puedes trabajar científicamente con una teoría (tanto para afianzarla como para refutarla) sin que te parezca convincente.

5.- Decir “darwinismo” o “neodarwinismo” cuando nos referimos a la teoría de la evolución vigente hoy en día. Síntesis Evolutiva Moderna, o Teoría Sintética de la Evolución, es el nombre que merece la que es la base unificadora de toda la biología actual. El sufijo -ismo hace pensar en una corriente filosófica o en una postura ideológica, más que en ciencia.

6.- Decir “teoría del creacionismo”. El creacionismo no es ni tiene ninguna teoría; Es más, pretende que retrocedamos a una etapa de la historia en la que las teorías científicas no existían y los fenómenos naturales se explicaban mediante intervenciones divinas.

7.- Decir “teoría del diseño inteligente”. Véase justo aquí arriba; es lo mismo.
8.- Plantear el conflicto como “evolucionismo versus creacionismo”. Como si en lugar de tener por un lado ciencia y por otro anticiencia, tuviéramos dos movimientos ideológicos de signo opuesto.

9.- Abundar en lo anterior hablando de “evolucionistas” o incluso “darwinistas” para referirnos a los biólogos evolutivos o a cualquier otro científico que investiga profesionalmente la evolución.

10.- Mezclar evolución y abiogénesis (origen de la vida). La evolución es el cambio en los seres vivos, no la formación del primer ser vivo. La teoría evolutiva no se ocupa del origen de la vida. La abiogénesis es un problema que aún no está resuelto científicamente, pero la evolución sí lo está.

Via

No puedes convencer a un creyente de nada porque sus creencias no están basadas en evidencia, están basadas en una enraizada necesidad de creer”.

Carl Sagan.

Hace unos días dos mujeres me hicieron la misma pregunta al enterarse de mi ateísmo.

“¿Y acaso no dices dios mío ?”

Y me pareció muy curioso que dos personas tan diferentes (edad, nacionalidad, carrera, posición política, etc) coincidieran en una cuestión tan irrelevante como una expresión popular.

¿qué tenía de mágica esta expresión para ser simbolo de religiosidad, o de aceptación al catolicismo? Y conversando con una de ellas llegué a la misma conclusión que la cita que da pie a este post.

No es posible lograr entender, y hacerte entender, racionalmente cuando los argumentos de la otra persona no tienen que ver con la razón, en cambio sí con una necesidad de creer que esto no es todo… que hay algo más. Algo que justifique todos los sufrimientos y vacíos de esta vida.

¡Dios mío, me gustaría que existieses! Así por lo menos me sentiría menos raro y tendría un tema más de conversación.

¡Es excelente!

Todos somos ateos respecto a la mayoría de dioses en los que la humanidad ha creído alguna vez. Algunos simplemente vamos un dios más allá.”

Richard Dawkins.

El Islam es una religión racional: todos sus principios y mandamientos se hallan basados en un profundo razonamiento.[...] El cerdo es, por naturaleza, haragán e indulgente en el sexo; le disgusta la luz del sol y carece de energía para luchar; come casi todo lo que encuentra a su alrededor, sea excrementos o cualquier inmundicia. De todas las carnes de animales, el cerdo constituye la cuna más grande de gérmenes dañinos y es el principal reservorio para la infección humana.

Visto en: Menéame

Enlace Original: Revista Arabe

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