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Hoy me senté en el jardín de mi casa y mientras veía a un pequeño caracol moverse entre las hojas, pensé: “la vida es demasiado hermosa”. Una serie de pensamientos salvajes y violentos irrumpieron en mi cabeza intentando arrancar la tranquilidad ofrecida por esa verdad.
¿hermosa? – preguntaba uno – debe ser una mala broma, con tanto dolor, con tanta soledad en tu corazón. ¿O es que acaso eres feliz tal como eres?
Esta idea me desconcertó (en parte consiguió su objetivo, ya no estaba pensando en la perfección de la vida), es claro que no estoy contento con la vida que tengo, me gustaría que tantas cosas fueran diferentes.
Por ejemplo me gustaría saber que se siente tener un padre amoroso, un hermano mayor, una novia popular, haber estudiado otra carrera, dedicado mi dinero a verme mejor, viajar más, comer menos.
Pero, ¿eso me haría más feliz? Acaso mi vida con todos esos cambios ¿sería mejor que la que ya estoy viviendo? Imposible saberlo, imposible.
Entonces, si es imposible saber lo que será, y sólo tenemos como real lo que es y luego de ello lo que fue, ¿es posible definir eso como perfección? Me atrevo a decir que sí.
Lo perfecto no es lo que este libre de error o fallo, lo perfecto es aquello que alcanza el más alto grado de excelencia en su línea. Y nuestra vida, llena de momentos, de sonidos, olores y sensaciones es única. Nadie más en este mundo, ni ahora ni nunca antes en el pasado, ni nunca jamás en el futuro; tendrá la misma vida que tú. Que yo.
Ahora no sólo siento que mi vida es perfecta, ahora sé que es así. Ya no caminaré ciego en este mundo cada vez más oscuro, lleno de gente que trabaja para vivir, que copula para no amar, y ríe sin alegría, y llora con lágrimas secas.
Este mundo ya dejó sus días y sus tardes. Ahora todo es de noche, y en las noches ya no hay caras, ya no hay vergüenzas, pero una vida a oscuras es una vida que no vale la pena vivir.
Ésa, sí es una vida imperfecta.
No sé la razón de este amor
si tú tienes dos ojos y una nariz
si no eres feliz con tanto dolor
por qué te amo no lo comprendo.
Créeme, no hayo motivo
para sentirme atraído
seducido, engrandecido
y claro, yo sucumbiendo.
Me extraña enormemente mi gran amor por ti
seré demente, quizás sí.
un corazón que digiere, un intestino que no traga,
pulmón que no piensa, respira una cabeza dañada.
Sistemas confundidos, alterados, insurrectos
por un amor guerrillero, altiplánico, casi ayacuchano,
un amor armado, totalitario,
en guerra perfecta, titánica, contra todo mi desgano.
Te amo y aún ignoro la razón.
será un hechizo, será ilusión,
pero sin duda te amo
como tú… desconociendo.
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos,
quererte como sos.
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.
Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos.
Mi estrategia es en cambio
más profunda y más
simple.
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
Mario Benedetti
Tengo una ciudad en mi corazón, en mi adentro más adentro. Una ciudad llena de luces, de flores, de animales, de espacios y música.
Es una ciudad llena de todo y vacía sin ti. Es una ciudad cansada de ser ciudad y sueña con edificios que caminen, con veredas que silben a las muchachas simpáticas, risueñas, lindas.
Tengo en mi ciudad dos calles con tu nombre…
Tengo en mi ciudad árboles azules, girasoles…
Mi ciudad palpita amarillo, reza a montones…
Llueve miel, tiembla con los suspiros de amores…
Conozco lugares hermosos, de cielos profundos y gente que ríe,
llenos de pasajes en las montañas heladas, llenos de verdor,
llenos de aves que conversan sobre las aguas de lo tranquilo.
Y tú no estás.
Un bote con dos remos reclama atención, un lago desorbitado,
arboles viejos tiemblan y se quitan lo blanco del ayer, del hoy,
el sol llena, brilla, baila, suena… sí, un sol que suena en el alma.
Y tú no estás.
Caballos pasean ignorando a sus jinetes, ignorando todo,
animales juegan y viven sin humanizarse, sin animalizarse,
dos bellotas caen, caen, caen, tengo hambre y las cogeré.
Y tú no estás.
No estás y lo sé. No estás y todo es bello. Es bello, pero no tan bello sin ti. Todo tiene música, pero pierde el ritmo sin tus pasos. Todo está bien y a la vez tan mal. Y es que sólo contigo la normalidad puede ser vida.
Veinte estrellas tuvo Neruda. Una yo, era mi Sol.
Cuando leas estas líneas te encontrarás al otro lado del mundo, del mundo de los sentidos platónicos. Un mundo falso e inconstante. El mundo real.
Y empieza así mi carrera final, sobre el sendero que me lleva a ti, querida luz solar, que empollas mis sueños fugitivos, que azuza mis pasiones totales. Dame el tiempo para nacer y devorar los troncos de segundos que me harán el hombre de la pintura. Tu hombre con alma de niño y sueños de anciano.
Tú, mi querida mujer, serás la madre de mis seguridades, la partera de mis proyectos más descabellados, la musa de mis textos más profanos, la protagonista de mis cinematográficas construcciones nocturnas, la palomilla de mis cielos más despejados.
Sí. Eso, una palomilla al vuelo, que alegra y enamora. Que trae ramas de olivo a las esperas diluvianas. Que se posa indiferente y atractiva sobre los demonios de un alma timorata, para elevarlos hacia el infinito, hacia su casa lunar, hacia su nido, hacia su corazón.
Cuando leas estas líneas, no tendrás que pensar en mí linda palomilla. Pues estaré contigo leyéndolas contigo. Respiración tras respiración, suspiro tras suspiro. Y cada coma será nuestro refugio para un beso robado al amo del tiempo y del espacio. Y los puntos… los puntos serán las camas donde reposaremos nuestros dolores adquiridos y nos amaremos una y otra vez.
Es de mañana y los pasos del ayer se sienten en mi puerta. Prefiero dormir un poco más. Mi pasado seguirá ahí cuando despierte, siempre estará ahí.
Casi las doce, y el muro de mis lamentaciones reclama mi presencia. Una invitación ineludible lo saben. Camino dos pasos, quizás tres, cuando un recuerdo viene a mí. Me coge de los cabellos, me gira el rostro hacia él, me atrapa y yo me dejo caer. Me tiene. Me tiene suya y me gusta.
Entre las almohadas y mis sábanas aún tibias un escenario se abre, un sueño de voces pasajeras, de sombras y de risas olvidadas. Un sueño raro como todos y simple como sólo cada uno de ellos sabe serlo.
En él mi boca se abre y no sale nada. No hay nada. Un agujero negro que absorbe la luz de la esperanza, que devora lo tranquilo de una mañana, lo dulce de un “te quiero”.
Mi muro truena y me libera de mi onírico captor. Es tan fuerte que le temo. Temo que decida aplastarme con la masa de mis temblores, asfixiarme con el agua de mis vacíos. Es un delicado muro de barro, y le temo.
Hoy la pensé…, la pensé y me ha llamado…
¡Hoy creo en Dios!
- Adolfo Lara Becquer.
Un predicamento que sí, fuerte acongoja,
una duda que repulsa, revela antipatía,
un sentimiento que embarga, que sonroja,
una cama, que yo compartía.
Cuatro ojos, cuatro manos, una almohada fría.
Dos narices, dos cabezas, la sábana muy floja.
Uno arriba, otro abajo, y el cuento descendía
silencio… y la voz queda coja.
Pensar en animales que aman me arroja
a creer que el amor sin duda existía,
mas una margarita que alguien deshoja
no es, para nada, alegría.
Es ilusión infantil, una tonta utopía,
como realidad misma, menuda paradoja,
lo real y soñado son una fantasía,
cual rosa que olvidó ser roja.
