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La ciudad de Contamana es realmente bonita, guarda aún ese clima familiar donde todos se saludan al pasar y casi todos se conocen entre si.

 

Hice mis primeros recorridos por las calles, por sus sitios turísticos y me agradaba la sencillez y ternura y orgullo con la que se refieren a los mismos.

 

Imaginé que la falta de tecnología y acceso a internet sería un problema, que me aburriría  de no tener nada que hacer más que mirar, pero no ha sido así ni en un sólo instante. En Lima estaba permanentemente conectado y a la vez alejado de todos. Eran unas relaciones frías y lejanas, a pesar de lo eficiente que era para transmitir emociones a través de las ventanitas del mensajero.

 

En cambio acá, todo el tiempo estás en contacto con personas, hablas, tocas, sientes, conoces, y eso me alimenta de una manera insospechada para mí. Salgo a caminar, voy a la plaza a leer “Diálogos con Axel” o me pongo a dibujar a las personas que veo. Ya hasta me hice conocido como dibujante y los padres me piden que les haga dibujos de sus hijos. Lo malo es que como les regalo los dibujos me estoy quedando sin hojas en mis cuadernos de dibujo que llevé.

 

Además que el cielo es un espectáculo por si solo. No han sido pocas las veces en que me he quedado por horas (literalmente) viendo las nubes moverse y cambiar. Esos impresionantes algodones de dios. Y nunca me he aburrido.

 

Eduardo Criollo es el amigo de Sammy quien me está alojando en su casa, él me dice que su mayor preocupación es que me aburra, aunque le he dicho en varias ocasiones que eso nunca ha pasado, creo que aún no me cree del todo.

 

La casa de Eduardo es bastante sencilla, no puedo mentir y decir que tiene todo lo que necesito para vivir comodamente, pues no es así. El primer día que llegué todo sudado, le dije para tomar una ducha, y él con una sonrisa en sus labios me dijo amablemente que atrás estaba.

 

Grande fue mi sorpresa cuando su esposa me indicaba un pequeño entablillado afuera en la parte trasera de la casa rodeado simplemente por los bidones de agua turbia que recibían. ¡Sin nada más que eso! Pensé en desnudarme para bañarme como se debe pero en ese mismo instante aprendí que eso no sería posible. Pues las casas acá (en la zona donde vive Eduardo) no tienen muros que las separen, incluso las personas de la calle podían verme bañarme. Fue impactante.

 

Aún así estas últimas semanas viviendo en Contamana han sido una nueva revelación para mí.

 

¡Hasta ejercicios he comenzado a hacer!

El mensaje enviado por mi amigo era claro y definitivo. Tenía que salir hacia Contamana sin demora, a pesar de que las investigaciones arrojaran que no habría salidas hasta el día martes; día en que mis plazos se acababan por completo. El esposo de la señora donde me hospedé los últimos días me acompaño hasta el puerto y me ayudó a cargar mi equipaje. Luego en el muelle un señor de aspecto bastante desagradable se acercó a nosotros y nos dijo que la lancha estaba de salida y que debíamos apurarnos.

Esto me sorprendió. ¿Es que acaso el joven primo de mi amigo me había mentido? ¿Cuáles podrían ser sus motivaciones para perpetrar tal acto de falsedad contra mi persona? Pronto estas dudas estarían resueltas y mi vergüenza por haberlas considerado pronto también nacería.


El barco o lancha, bajo mis entandares eso era un barco. De unos 70 metros de largo y unos 20 de alto. Un barco con todas sus letras, pero ellos le llamaban lancha grande, que se le va a hacer.

"barquito"

"barquito"

Entré en el segundo nivel de dicho medio de transporte y el ambiente cargado con un olor característico de sudor, poco oxígeno y comida me embargó. Era un gran salón donde decenas de hamacas demarcaban claramente las zonas de paso y las zonas personales. Bultos, maletas, bolsas, servían de pequeños muros que delimitaban los espacios, cual juego de niños quienes, en sus guerras imaginarias, establecían sus bases desde las cuales se defendían de los embates del enemigo.


Acá el enemigo era el miedo ante el robo. Y yo me uní a este miedo común. Mi acompañante y el señor de aspecto desagradable cargaban mis bultos, yo les miraba extrañado como conversaban acerca de las posibilidades de que el barco salga esta noche y del lugar más adecuado para ubicarme. Se decidió que dicho espacio mío sea el centro, el mismo centro de este salón, equidistante a todos y a la vez tan alejado de estas realidades, historias, pesares.

2 soles fue el pago por cargar mi maleta y fue la última vez que vi al señor de aspecto desagradable. Mi otro acompañante me recomendó no alejarme nunca de mis pertenencias y comprar algo para el viaje, ya que demoraría. Era lunes 6 de la tarde. Una señora me ofreció una gaseosa barata, cuyo precio estaba bastante fuera de lo que esperaba. Mientras compraba dicha bebida otro colocaba un taper de plástico dentro de mi bulto, me decía que era para que comiera, pues en el barco te dan comida pero no plato. 2 soles más abandonaban mis arcas y el vendedor apuraba en decirme que los cubiertos costaban un sol más. “Tengo los míos gracias”.


Y ahí parado en medio de todos me sentí perdido, una vez más.


“Una hamaca… mire que el viaje es largo” no, gracias, fue mi respuesta. “no va a estar parado todo el viaje… tiene que tener donde descansar, además que todos vendrán con su hamaca y no se va a quedar ahí parado hasta que salga la lancha, mire que fácil sale mañana” Dicha afirmación llena de lógica y pesimismo me venció. Era necesaria esta compra. Y luego de regatear me abandonaron 10 soles más, por la más baratita “¡y le voy a dar la cuerda gratis!” agradecí y por primera vez en mi vida dormiría en una hamaca.

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Y pasó la noche y el barco no salió. Muchas de las personas dejaron sus hamacas puestas y se fueron a descansar a sus casas. Cuánto deseé poder hacer lo mismo, pero mi destino estaba atado a mi hamaca tejida, mi linda red azul y amarilla que delimitaba mi territorio. Recomendación, nunca duerman en una hamaca de red con un short con botones, pues que los traviesos suelen enredarse amplificando las incomodidades. Dejándote literalmente atado a la hamaca. Horrible.


Llegó la mañana y también llegó el momento de darle uso al taper que compré la tarde anterior. Llamaban para recibir el desayuno, créanme que lo pensé y repensé. Miré a las personas que ya habían recogido sus alimentos y mis dudas crecían como la espuma.


El desayuno consistía en un poco de avena sancochada quien sabe cómo y 3 roscas duras. Pensé en saltar esta comida, pero ya me había saltado la cena y mi estomago no se dejaba engañar con la gaseosa. Este fue mi primer contacto directo con lo que sería mis nuevas costumbres alimenticias. Aún en Pucallpa, en la casa donde estuve, tenían modos muy limeños de comer, pero de ahora en adelante ya no sería así. Es momento de comer lo que hay y como esté. No es resignación, ni una queja solapada… es la realidad.


Atrás quedó Lima, atrás queda ahora Pucallpa. Estamos en un barco, camino a Contamana, tengo hambre y comeré. Abro mi taper blanco con tapa verde, lo enjuago en lo que parece agua. Es lo que sale del grifo que hay en el barco. Lo seco bien con una toalla de mano y a hacer fila. Recibo una buena porción de avena y mis 4 roscas. Caminé dificultosamente entre el gentío y las hamacas que parecían tejidas entre ellas. Una rosca cayó. Un joven me miró, parecía tener cara de “Ey por qué no la recoges” Seguí de frente. Llegue a mi espacio, mi pequeño reducto entre mis dos maletas y debajo de mi hamaca. Mire mi avena, las roscas lastimaron mi paladar… y desayuné.


Las horas pasaron y las promesas de partir se repetían. “a las once” “a las doce” “ a las dos de la tarde en punto sale” y así.

Noche 1, lado a

Si hasta la noche anterior las decenas de hamacas colgantes me parecieron bastantes y el lugar pequeño para tal cantidad de gente con sus niños, bebes y bultos, pues es que soy un estúpido. En el transcurso del día aprendí lo que significa “lleno”. Las hamacas se multiplicaban cada hora. Las personas entraban y entraban y llegué a sospechar (en mi inocencia ignorante) que había algún tipo de escalera al fondo para otro nivel ya sea arriba o abajo. Nada, no escaleras, no pasajes secretos, no habitaciones ocultas entre las paredes de metal. Nada. Las personas entraban y se acomodaban en ese mismo espacio y mi parcela débilmente franqueada por dos maletas y mi hamaca amarilla y azul e verían vencidas por este tsunami de gente.

mañana del dia 2, lado a

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Eran casi las 7 de la noche del día martes y el ambiente era increíble, cientos de personas buscaban el mejor espacio para colocar sus hamacas y sus pertenencias. No fueron pocas las veces que propusieron el colgar una hamaca sobre la mía considerando que la había colocado bastante baja para poder dormir con los brazos sobre mis maletas. No te pases, fue la respuesta común que brinde ante sus miradas sugerentes a compartir el mismo espacio aéreo.


Llegó las 9 de la noche, luego de un par de salidas de “prueba” que emocionaron hasta al más acostumbrado, y el barco zarpó, y me sentí mejor. Mi espacio, que la noche anterior era 3 veces más amplio, lo compartía curiosamente con personas que iban a Contamana. ¡Menuda suerte la mía! Si la noche anterior el pensamiento que me embargaba sería el cómo saber si ya estaba cerca o no a mi destino, pues la mañana me traería no sólo una, sino 3 posibilidades. Un chico de unos 20 años que la noche anterior se fue a descansar a su casa y me dejó a mi cuidado su hamaca, una señora con dos niñas de 9 y 1 año, y una pareja de unos 25 años con su bebe de 6 meses. La chica era realmente hermosa, sentí una fuerte envidia al ver que tal mujer estaba ligada sentimentalmente a este otro chico, que sin ofender, pero parecía un pokemon.


Superada mi envidia inicial, comencé a conversar un poco con mis vecinos y así ganarme un poco de tranquilidad al momento que la naturaleza me obligue a abandonar mis pertenencias. Todo transcurrió con tranquilidad, a pesar de que el miedo ante el fantasma del hurto estuvo rondando nuestras horas de sueño.


La noche me trajo una hermosa vista del río Ucayali. Con una luna enorme que se reflejaba coqueta en las aguas oscuras del río. Una tormenta a lo lejos dejaba ver el poder del cielo con sus truenos y rayos. Pensé en cómo será una tormenta en vivo y en directo. Ahí debajo de ella misma, y mis deseos serían escuchados… pero después.


Lamento que estas bellas imágenes no estén capturadas pero es que estaba lloviendo y temía que una gota caprichosa arruinara mi camarilla. Sorry.


Durante todo el tiempo me preguntaba en qué momento cobrarían los pasajes, ya que durante las 26 horas que estuve esperando la salida nadie se acercó ni a preguntar a donde iba. Consulté con la señora madre de las dos niñas revoltosas que siempre jugaban bajo mi hamaca, “cobran en la madrugada…cuando ya todos estén acomodados” me pareció difícil de creer, molestar a los pasajeros en medio de la noche para ir cobrando uno por uno ¡encendiendo para ello las luces! Me parecía realmente demasiado surrealista, pero la realidad supera largamente a la ficción, y a eso de las 2 de la mañana encendiendo uno a uno los fluorescentes a medida que avanzaban una pareja iba apuntando los nombres, dni, y lugar a donde se dirigía cada uno de los pasajeros, para que inmediatamente después el monto de dinero respectivo sea solicitado y cerrada la transacción con un recibo.


30 soles más que sin pena ni gloria dejaban mis ya desbotonados bolsillos. Desbotonados porque entre tanto subida y bajada de la hamaca se habían saltado de sus lugares. Uno lo tengo guardado para cuando me de ganas de coserlo… el otro, dios lo guarde en su gloria.


La mañana siguiente no desayuné, mi sobreexplotada amabilidad me trajo nuevamente frutos, y estos muy agradables. La señora madre de las dos niñas inquietas me invitaba con una enorme sonrisa un poco de comida que ella misma había preparado bajo mi hamaca (ella había puesto un colchón delgadito que servía de zona de juegos de la nena más pequeña y cama para la señora). Un rico atún de lata con limón y algo de arroz sancochado, como postre un paquete de galleta soda. Muchas gracias señora, me salvó de la avena desconocida.


Eran las 10 de la mañana del día miércoles y Contamana aparecía a la vista. Un muelle marcaba el fin de mis horas en las aguas del río Ucayali y el fin también de mi hamaca como silla, cama, sofá y mesa. En esas casi 40 horas a bordo del barco me leí todos los libros que llevaba en mi maleta de mano. Ya mis ojos estaban cuadrados de tanto leer, aún así me agrado la estancia en el barco. Fue un momento intenso, de convivencia forzada pero amigable. Un momento para sentir, a través de los ojos de esas personas, cientos de historias de vida. De esperanzas y sueños.


Hasta acá la parte romántica de la historia en el barco, ahora la pasión, no me refiero a algún tipo de aventura sexual, nada de eso, sino la pasión que sufrí al tener que, sin ayuda de ningún tipo, hacerme de mis maletas desde ese segundo nivel hasta el extremo del barco donde por un tablón se comunicaba con el muelle.


Siempre he pensado que quien viaja debe ser capaz de poder cargar sus maletas sin ayuda. Es como una regla. Una necesidad imperiosa al embarcarte en tales aventuras el ser capaz de mover tus pertenencias sin intervención externa. Esto asegurará que en caso de emergencia nada valioso deba ser olvidado por la imposibilidad de movilizarlo.


Ese día aprendí lo que mis pensamientos pesan. Mis maletas cual anclas del pasado se matrimoniaban con la gravedad para juntas succionar toda la poca fuerza que mis delgados brazos poseen.

Las personas me veían pasar sudando y con los labios apretados, pidiendo permiso al pasar con suspiros más que palabras, pero lo logré. Despacio y con muchas pausas para recobrar el aliento que no tenía. Poco a poco, una maleta primero, luego la segunda. Con la mochila presionando mi espalda y con la preocupación de un celular apagado por falta de batería.

Sin aliento, sudado, y con 40 horas de viaje sin tomar un baño… era un asco. Simple y sencillamente, un asco. Llegué a Contamana, por suerte en un puesto de seguridad me dejaron enchufar el cargador de mi celular y con eso conseguir comunicación con mi amigo para informarle de mi llegada sano y salvo, obviamente omití los detalles vergonzosos de mi arrastre y de las horas sin agua y jabón.

Me dijo que esperara que ya llegaba Eduardo Criollo a recogerme. Pues a esperar, pensé yo. En la zona de espera habían unas bancas y un televisor en el cual pasaban una película de Elvis Presley. Nunca antes había visto una cinta del rey, y creo que apenas pueda lo haré, pues que me ha gustado. ¡La película, eh!

Pasó poco más de una hora desde mi llegada a Contamana y yo estaba enganchadisimo con la película, cuando en mis habituales giros de cabeza mis ojos se encuentran con unos pequeños ojos marrones oscuros, una persona pequeña, de aspecto rechoncho me preguntaba: “¿tú eres el amigo de Sammy, de Lima?”


Y nuevamente un mototaxi me llevaría a mi nuevo hogar.

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